jueves, 7 de enero de 2010

¿HABRÁN PASAO?



Cándida:
¡Hermana te conectaste!
Por fin te encuentro en el chat
y después de tanto tiempo
vamos a poder hablar.
Es que no pude viajar
porque tuve un contratiempo
después te voy a contar
¡Si recién se va la gente!
Eran aquellos parientes
del lao de la Capital.

Virtud:
Aquí estoy hermana mía
para escuchar tu relato
que será cual fiel retrato
donde has de saber pintar
cada momento vivido
en estas fiestas tan caras
para el alma y el bolsillo
que no te dejó viajar.

Cándida:
Por ser día de los Reyes
me he levantado temprano
he corrido a la ventana
pa revisar mi zapato.
Sí, he dicho mi zapato
verás que no hablo en plural
porque no me daba el alma
para arriesgar todo el par
Si bien mis pobres zapatos
no son de marca afamada
pero les hice cambiar
la media suela y el taco
¡Faltaría que algún caco
se los quisiera probar!

Virtud:
Yo puse el pasto y el agua
cual reza la tradición
pero la naturaleza
ha mandado un chaparrón
y ya no se si pasaron
porque registré en el pasto
y las huellas se borraron
junto con esa ilusión
que uno guarda desde niño
cuando le dicen que duerma
pa no espantar a los fletes
pa no asustar a Melchor
que al otro día es mejor
sorprenderse con juguetes.

Cándida:
Para mi triste sorpresa
no encontré regalo alguno
ni siquiera una hamburguesa
junto al zueco divorciado
tal vez por el chaparrón
los animales cansados
erraron la dirección
¡ya están viejos y achacados!
o tal vez cayó el sistema
y no pudieron leer
la carta que les mandé
por correo vía web.

Virtud:
Yo no quise pedir nada
por no complicar las cosas
pues, con la crisis global
pa'los reyes, no hai ser "rosas"
eso de gastarse el sueldo
en regalos o presentes
pa 'después seguir pagando
en cuota y con intereses
la cola que va dejando
el gasto en estos dos meses.
Porque hasta esa monarquía
a la que ellos pertenecen
la crisis de nuestros días
también les habrá hecho mella
¡si hasta el brillo de la estrella
ha perdido su fulgor
con eso que hay que cuidar
el gasto de la energía!
por eso tuve pudor
y sólo quise pedir
un momento de alegría
pa'compartir con amor.
Con el calorón de ayer
yo no quiero ni pensar
en estos tres pobres reyes
repartiendo chucherías
sin tomarse una sangría
o paladear un fernet
¿no leerán en la web
el pronóstico extendido?
¡qué abrigados se han venido
para este lado del mundo!

Cándida:
Para colmo en Navidad
como no tengo pinito
lo esperé al Niñito Dios
debaj'un algarrobito
le he enredado lucecitas
entre medio'e las chicharras
y he cantado con guitarra
unas coplas navideñas
no quise ser pedigüeña
pero había que pedir
y tampoco recibí
regalía’e ningún tipo.
Entonces reflexioné:
No me habré portado bien
tendré que hacer buena letra
toditito el dos mil diez
Pero yo estaba segura
que cumplí con mi deber:
no falté nunca a la escuela,
di todos los contenidos
y con aire divertido
impartí mis enseñanzas
más parece que con eso
al Niñito no le alcanza.

Virtud:
Hermana, no te preocupes
todo lo has hecho perfecto
impartiste los conceptos
que el ministerio indicó
pero aquí lo que pasó
no es culpa ni del Niñito
ni de José o de María,
debe ser que en tu alcancía
este año no hubo reservas
más que pa'azúcar y yerba
a la hora de matear.

Cándida:
Pero es que yo hermana mía
ya no te uso la alcancía
los salditos que tenía
los guardaba en el cajero
para comprar los pasajes
y trasladarme hasta allá.
Pasa que llegó visita
y una cuenta que pagar
y ya no pude viajar
ni menos comprar pitanza;
de la noche a la mañana
me he gastado ese dinero
con el que iba a celebrar
aunque sea a nivel panza.
Y después me consolé
pensando que el año entrante
y de ahora en adelante
si Dios me manda salud
dejaré de exigir cosas
altamente materiales
que si bien te reconfortan
se podrían relegar
-mejor dicho reemplazar-
por otras espirituales.

Virtud:
Hermana, ¿no te acordás
cuando niñas en el campo?
Nuestra madre con paciencia
nos solía conformar
diciéndonos que a los Magos
no se les pide gran cosa
sólo un turrón o gaseosa,
que ellos no pueden gastar
porque luego a Baltasar
no le cierra el presupuesto,
tiene que pagar impuesto,
también peaje y aduana
pa cruzar su caravana
cuando salen del desierto.
Entonces, yo creo hermana
que tenemos que aprender
y en esta página abierta
que nos ofrece la web
debemos dejar plasmado
nuestro humilde pensamiento
cual simple entretenimiento
para el que quiera leer:
“Cultivar la austeridad,
el optimismo, el amor
en tu casa, en tu ciudad
y en todo el mundo exterior”.

lunes, 20 de abril de 2009

LA DE LA MOTO


Dibujo de Titino Morzone
Documento de archivo - Reliquia histórica- 1991
Homenaje a la querida colega Alicia C. Martín.



XXVII

El verano se acababa y con él la vacación,
la jarana terminaba, llegaba la obligación.
Es por todos conocida d'estas niñas la labor:
enseñar los contenidos en la escuela con amor.
Empezaban tiempos duros para estas dos hermanitas,
viajar mientras era oscuro, y gastar muy mucha guita.
Pero a todo lo tomaban con un excelente humor,
entusiasta una pensaba comprarse un ciclomotor.
Vos sabés, hermana mía!...-le comentó a La Menor
en un tono de alegría y de gran satisfacción-
Por mi mente anda rondando la idea –que no es de un loco-
ya me estoy averiguando cuánto me sale una moto.
Visitó varios parajes averiguando el valor
de algo seguro en rodaje y en buen estado el motor.
Habló con varios vecinos que muchos consejos dieron,
que tal vez era un peligro, o que era cara dijeron.
Si por ripiado iba a andar, los autos levantan piedras
que en la sien podrían dar y es probable que muriera.
Pero en un pueblo cercano su marido consiguió
en precio y en buen estado lo que ella tanto buscó.
La miel en grandes tambores para esta ocasión vendió
comerció con los mejores compradores que encontró.
El mecánico -les cuento- era hombre medio lerdón,
hubo que hacer vericuetos y pegarle un apurón.
Pero finalmente el tipo y luego de mucho hablar
le fue armando el motorcito y al cabo la hizo arrancar.
Enseguida la cargaron y le pagaron la cuenta
con relámpagos llegaron y la moza muy contenta.
Y al otro día cuando ella de la escuelita volvió
puso pie en la moto aquella y en seguida la pateó.
La saludaba la gente y a ella vergüenza le daba
en esa moto potente hasta la espalda sudaba.
El viaje de ida y vuelta arregló con sus colegas:
la llevan hasta una puerta y a su escuela en moto llega.
Pero tuvo que cambiar de sus accesorios uno,
el maletín no iba a andar, en moto se iba a hacer humo.
Entonces se fue a un bazar y una mochila compró,
-y no la eligió al azar, buen material exigió-.
Y así con todo esto esto nuevo salió a la escuela contenta
viajando con gran denuedo y con la mirada atenta.




XXVIII-

Desde entonces La Mayor como narráramos antes,
cambió aquel caballo flor por una moto picante.
Y en vehículo'e dos ruedas con un bramido estridente,
se apersonaba en la escuela y se anotaba el presente.
Sola algún tiempo viajó hasta que halló acompañante,
otra niña contrató, no pa’ que fuera al volante,
sino pa’ cargarla en ancas portando aquella mochila
-¡Qué lindo par de potrancas pa’arrear oveja en la esquila!-
Otro tema no tocaban que no fuera la docencia,
y si ocasión lo abordaban, ¡Viera usté con qué prudencia!
Cuando las seis se apilaban en el coche'e pasajeros,
de continuo se quejaba, lo mesmo que un sonajero.
Cada día que empezaba les traía una sorpresa,
algo que ellas ni esperaban cuando iniciaron la empresa.
Empantanadas quedaban a veces en los caminos,
pero nunca se asustaban, actuaban con mucho tino.
En ocasiones los coches se quedaban descompuestos,
nadita de hacer reproches: ellas buscaban repuesto.
Entendían de motores lo mesmo que de enseñar,
de camión hasta tractores sabían compaginar.
Un rosario de aventuras ellas podrían armar,
más hoy, por esta premura, una sola han de narrar.
Era un día lloviznoso, no sabían si arrancar,
le preguntaron a un mozo si el tiempo iba a mejorar.
Aliento nadie les daba, y decidieron partir,
si acaso desmejoraba tendrían que desistir.
Llegaron al apeadero y se bajaron del coche,
cada cual por su sendero como hormigas en la noche.
Las de la moto enfilaron muy serias pa’ los galpones,
gorro, antiparras abrieron y apretaron los talones.
El viento en contra tenían, se les helaba el garrón,
ya las nubes se venían anunciando el chaparrón.
Pero a la escuela llegaron haciendo cruces y ganchos,
a la cocina enfilaron como a la batea el chancho.
Despacharon el trabajo a los alumnos del aula,
cuando alguien noticias trajo que se descolgaba el agua.
Manotearon las maletas, despidieron al menor
cual Negrazón y Claveta arrancaron el motor.
Y ya la huella acertaron como hábil equilibrista,
y la tensión aflojaron, ya se creían artistas.
Cuando el pingo traicionero se les puso a bellaquear
gritaban hasta los teros viendo lo que iba a pasar.
-¡No abrás las piernas, te digo!- le gritaba la de atrás,
que se perdés el estribo nos vamos a reventar.
La otra le sacó las marchas y lo chistaba al bagual,
pero aunque la calle era ancha no lo pudo sujetar.
Y como en cámara lenta la pampa las vio caer,
el cielo les daba vueltas, no había nada que hacer.
Bolsos y gorro volaron en medio de aquel tropel,
los pelos se le enredaron patinando en redondel.
De reírse no paraban, pues, sin ir a la capilla,
de pronto las dos estaban hincaditas de rodilla.
De dos brincos se pararon por temor a que las vieran,
el dolor disimularon pa’ que no se les rieran.
Acto después se miraron revolcadas en el barro,
taban sanas -comprobaron- ya enderezaron el carro.
Y mientras que lo llevaban una de cada costao
cada tanto resbalaban, parecían dos mamao.
-No la empujés pa’ mi lao- le decía la del anca;
este bicho es muy pesao y se tira a la retranca.
-Y llevate las maletas, haceme la caridad,
ya cortala con tus tretas, ¿o me querés liquidar?
Después que retrocedieron y guardaron el rodao,
mensajes por radio dieron, ordenaron el recao.
Se treparon a un camión, hicieron una distancia,
se les salió el corazón al ver aquella ambulancia.
Volvieron con un dotor nada menos que en un Sierra,
se olvidaron del ardor y de aquella suerte perra.
Supieron que de las otras la suerte no fue mejor,
casi pierden las ojotas en un postrer estertor.
Pues dos pantanos vadearon empujando por atrás,
las caderas se ladearon, vieron su aliento acabar.
Porque aquella camioneta que las venía a auxiliar,
también se fue a la cuneta, ¡Qué forma de diluviar!
El mozo que se las daba de baqueano en el barrial,
-¡Yo abriré huellas!- gritaba, ustedes sigan detrás.
Pero igual suerte corrió que las moza’e mi relato,
¡canchero!, no se bajó, pa’l agua era como el gato.
Para salir del pantano el motor aceleraba,
pero se le iba la mano y en barro me las tapaba.
Después, por fin arribaron como ovejas al redil,
los cuerpos se calentaron y se echaron a dormir.
Y aquí acaba esta aventura de las docentes viajeras,
como ven, es vida dura, ¡No es oficio pa’ cualquiera!

miércoles, 23 de julio de 2008

LA LUCHA POR EL SALARIO

Eran tiempos de campañas, campañas electorales
y para colmo de males, La Mayor, como su hermana,
la llevaba en las entrañas, a la política –digo-
como buena gremialista defendía los salarios,
daba nombres de las listas, increpaba al adversario.
Y así fue, que haciendo dedo un auto se aproximó
ya a levantarla paró y empezó como en un juego,
que las maestras son vagas, que los alumnos se atrasan,
¡Pucha! con la dirigencia, hablan mucho y no hacen nada.
En la llaga le metieron el dedo con ese tema
y como cosa que quema le dijo al hombre embustero:
¡Oiga amigo, no se meta si del tema no conoce
porque no es como usted piensa el problema'e la docencia!
Y así palabras que iban garrotazos que venían,
otras maestras callaban y sólo ella discutía.
De uno a otro momento el aire se puso tenso
como un pedazo de lienzo que fuera a cortar el viento.
-Usted no piensa, ¡la pucha! como enseñan los docentes,
con qué grandes sacrificios sus vocaciones se enfrentan,
y por un triste salario están formando a sus hijos
para que sean decentes,-poniendo énfasis le dijo-
sea un poco solidario y apoye al gremio en su lucha.
Y el tipo –mal educao- mandóla bajar del auto;
ella arrojóse de un salto y unas frescas le gritó,
levantó una mano en alto y un portazo le pegó.
-Con necios no viajo yo- agregó muy altanera,
acomodó su cartera y la puerta le pateó,
a las puteadas salió y sola, cambió de tema.
Pues ahí no más como tiro que mandara Dios del cielo,
puso a funcionar el dedo y aquí llegó en un suspiro.

LA CRISIS Y EL AGUINALDO

Eran tiempos de Alfonsín cuando la crisis más dura,
sin harina y levadura el mes tocaba su fin
cuando una esperada tarde el aguinaldo llegó,
sin hacer ningún alarde lo recibieron las dos.
Bicis prestadas pidieron pa disponerse a cobrar
veinte leguas pedalearon pa’ llegar a la ciudad.
Frente al Banco ellas se apearon y desdoblando el papel
se metieron, olfatearon,mirando a éste y a aquél.
Parecían desconfiadas y sin sacarse el anteojo,
escudriñaban de reojo a la gente amontonada.
Sendos cheques ya firmaron y se acercaron despacio,
ya la caja apuntalaron -había muy poco espacio-.
Ya las llamaron por nombre, las hicieron acercar,
se hicieron al lao los hombres pa’ dejarlas arrimar.
Salieron no muy contentas aunque un tanto alivianadas,
las tensiones aflojadas ya pasado aquel momento.
Montaron las bicicletas y empezaron a contar,
¡larga les quedó la geta! ¿pa’ qué les iba a alcanzar?
Para zapatillas, no, seguirían en chancletas,
¡ni pensar en bicicletas! y las apretó el dolor.
Una se compró un pan dulce, la otra un pequeño bolsón,
se les prendieron las luces al frente de un bolichón.
Y desdoblando los vueltos ya se volvieron a apear,
el corazón les dio un vuelco cuando entraron a observar.
¡Mirá aquellas empanadas! ¡Fijate en aquel pastel!
Para mucho no alcanzaba pero ¿qué se le iba a hacer?
Pidieron una cerveza y una picada también,
ya pidieron otra vuelta y una tercera después.
Y casi sin darse cuenta se pusieron a payar,
se olvidaron de las cuentas que tenían que pagar.
Los versos ya se elevaban, ya soltaban las risadas,
la gente se amontonaba oyendo tanta gansada.
Después calzaron el lente y le pagaron al chango,
saludaron a la gente y se fueron sin un mango.
Y ahora suelen recordar entre coplas aquel día,
cuando la crisis ardía más no las hizo llorar.

sábado, 12 de julio de 2008

A LAS LIEBRES

Una noche casi fría a cazar liebres salieron,
escopeta, chucherías,cargaron a un Rastrojero.
Un mozo que tiraría las muchachas conchabaron
pues, hace falta vaquía para estos casos, paisano.
La Mayor lo conducía y con ella iban los changos,
para el campo enfilarían y comenzó a darle al mango.
Al llegar frente a un potrero entraron a iluminar,
La menor caló un sombrero y el muchacho ¡a tirotear!
A la primera le erró pues, La Menor medio bizca,
el reflector retiró porque la perdió de vista.
Las muchachas lamentaban al mirar que en cuatro patas
la carne se disparaba a los saltos entre las matas.
Pero siguieron camino sin perder las esperanzas,
después la segunda vino,la mataron sin tardanza.
La revoleó a la cuneta este mozo tan baqueano,
y sin soltar la escopeta a la moza gritó ¡Vamos!
Los changos se desbocaban por los vidrios del rodado,
cada tiro festejaban, miraban por el costado.
Después siguieron saliendo y tirando sin errar
de diez tiros- no le miento- nueve lograron cazar.
Se metieron por atajos medio malos de cruzar,
no podían recular porque se irían abajo
y al salir al descampao una luz vieron de frente
un vecino retrasao venía trayendo gente.
Para el pueblo ya enfilaron aunque seguían cazando,
los gurises se enroscaron y al rato estaban roncando.
Pararon el Rastrojero debajo’ e la gravilea
junto al ranchito de alero, y comenzó la pelea:
¡Vos, los gurises bajate, las piezas bajaré yo!
Y La Menora enfiló como a preparar el mate.
Pero la vuelta pegó al escuchar el silbido
¡El trabajo no acabó! dijo el mozo, decidido.
Dejá para luego el mate cuando estemos aliviados
no es cuestión de estar sentados ni de tirarse en el catre.
Y a la hora de cuerear La Mayor se descompuso
dijo que iba a vomitar -era una excusa que puso-
Eran todas liebres madres y algunos pocos liebrones
esto es muy triste- compadre- dejar solos los pichones.
El cuero le agujereaban por el lomo sin tardanza,
los extremos tironeaban, la partían por la panza.
Y las iban apilando en la fuente anaranjada,
el montón se iba agrandando con piezas ensangrentadas;
y de adentro se sentía como arqueaba La Mayor,
daba vueltas… escupía… sin alivio a su dolor.
Tipo dos de la mañana de enfaenarlas terminaron
y contando las hazañas al mate se dedicaron.
Y al otro día temprano a repartirlas salieron
llevaron a los paisanos que favores les hicieron.
Los cueros y el triperío en una bolsa pusieron
pa’ tirarle al perrerío cimarrón de los potreros.
Después quedó el comentario y la carne en la ganchera,
aunque es muy magro el salario la crisis es llevadera.
Aprenda de ellas, paisano: no se queje de los tiempos,
a la escopeta eche mano y los bichos a los tientos.

domingo, 1 de junio de 2008

LA DEL ARROPE

En tiempo de vacación cuando las frutas maduran
tuvieron la inspiración de hacer arrope de tuna.
La Mayor salió temprano guiada por un muchacho
llevando bolsas y un tacho y con guantes en las manos.
Se cargaron a un tumbero: mozo, muchacha y gurises
y cruzaron los potreros cual familia’e codornices.
Se bajaron de la chata con ganchos y tenedores,
luego siguieron a pata para elegir las mejores.
Y pensando en el tunal a varias leguas distante,
el mozo siempre adelante y la muchacha detrás.
Las más maduras juntaron agarrando con la mano,
y sudaron como enanos cuando los tarros cargaron,
despuás se ibana sacar, una por una las janas.
La muchacha se mareó, casi cae en la gramilla,
la presión se le bajó, pues, esperaba familia.
El muchacho siguió solo aguantando las espinas
silbaba como chingolo, parloteaba a lo gallina.
Mientras La Mayor tirada en el piso del tumbero,
allí casi desmayada gemía sobre los cueros.
Ya el mozo acomodó todo y a los gurises cargó,
algunas tunas comió y saltó esquivando el lodo.
Al caballito azuzó y pegó la media vuelta,
ya a los perros les silbó, manoteó las riendas sueltas.
Pronto llegaron al rancho, ya la chica reaccionó,
y La Menor se acercó husmeando como los chanchos.
Y al ver aquel cargamento se entraron a consultar
si este sería el momento de disponerse a pelar.
A un vecino interpelaron pues parecía saber
porque otros a él le explicaron cómo se debía hacer.
A otra vieja la indagaron baquiana sobre el asunto,
-metan así, todo junto- la anciana les explicaba.
Todos decían saber, más resulta que ninguno
lo había podido hacer, porque hay que tragar mucho humo.
Y entraron a despuntar debajo’e la gravilea,
las chicas sin preguntar emprendieron la tarea.
Los gurisitos salieron corriendo a hacer la fogata
unos ladrillos pusieron, repararon con dos latas.
Otros dos allá, más lejos y cerquita’e la canilla,
sin escuchar a los viejos las lavaban, de rodillas.
Más tarde en cuatro partían cada tuna, con esmero,
en fuentones las ponían antes de pasar al fuego.
Otros lavaban con prisa fregando con un ladrillo
la olla negra de guisa para poner los casquillos.
Y así al fuego la asentaron con las tres patitas’e fierro,
los pedazos ya largaron y corrieron a los perros.
Una escoba desarmaron para preparar el palo
y en la punta colocaron una tabla con un clavo,
para poder remover las tunas dentro’e la olla
porque eso no era cebolla que se pudiera perder.
Varias horas cocinaron a leña el potaje aquel
hasta que el jugo largaron y quedo sólo la piel.
Para colarla buscaron una bolsa de semilla
la rasgaron por el medio, bien lavada en la canilla.
La bolsa tiene que ser de arpillera, no de nailon,
por que se va a deshacer cuando entren a meter mano.
Hacen falta tres personas debajo, una palangana,
apretar con muchas ganas pa’que no quede en la lona.
Tan sólo piel y semilla en la bolsa han de quedar
para más luego tirar medio afuera, en una orilla.
Y el jugo que va cayendo adentro e’ la palangana
tendrá que seguir hirviendo, no quedará casi nada.
Y ya usted lo notará a ese gusto picantito
con un color marroncito cuando va queriendo estar.
Hay que sacar un poquito, dejarlo primero enfriar,
porque se puede pasar y va a quedar quemadito.
Cada tarro’e veinte litros un kilo le ha de rendir,
si usted quiere repartir ponga en frascos muy chiquitos
y guárdelo hasta el invierno por si le agarra la tos:
una cucharada o dos lo salvarán de l infierno.
Lo terminaron de hacer al filo’e la madrugada
entre vinos y empanadas les llegó el amanecer.
Y haciendo aun lado las brasas unas achuras tiraron
enseguidita se asaron, comieron hasta las grasas.
Y tapada con rescoldo una tortilla se asaba
pa’ después de la empanada matear debajo del toldo.
Al otro día envasaron en frasco de toda laya,
casi, casi se desmayan al ver qué poco sacaron.
La vecinas preguntaban: -Y el arrope, ¿les salió?-
Aquí nadie murmuró, todidtitos se callaron.
Un gurí corrió la bola, pa’que nadie se tentara:
-¡Salió una botella sola, amarga y mal cocinada!-
y las maulas se guardaron todo el arrope para ellas,
escondieron las botellas y del tema ya ni hablaron.
Si usté un arrope va a hacer no vaya a pelar las tunas,
despúntela una por una y póngalas a cocer.
Y no se vaya a pensar que va a comer las espinas
si en la bolsa han de quedar pa’ que piquen las gallinas.

sábado, 31 de mayo de 2008

LA GRIPE

Era un invierno de agosto cuando el frío se hace cruel
y despedaza la piel si andás con trapos angostos.
La Mayora se enfermó de una gripe fulminante
caminaba vacilante y la fiebre la tumbó.
De pronto un frío corrió por su espalda, abrasador,
y luego un fuerte temblor las piernas le doblegó.
A la cama la tiró y, sin poderse mover
a un gurisito mandó que alguien la viniera a ver.
Acudió, como es de creer su hermanita La Menor
con andar conmovedor para poderla atender.
Encontróla medio muerta, boqueando sobre la almohada,
¡Era grande la cagada! Y, abriendo un poco la puerta
la moza se quedó al lado a cuidarla con fervor.
Ya llamaron al Doctor, le pusieron inyecciones,
y a todo esto La Menor se hacía las ilusiones
de verla pronto consigo encaramada a algún coche.
Le hubo de pasar la noche en medio de los quejidos.
La consumía la fiebre, no la dejaba dormir.
Dijo que se iba a morir igualito que una liebre
cuando le rajan de un tiro la frente o el triperío,
pues el mal que la acosaba era fuerte, no pavada.
No desesperes hermana- la calmaba La Menor-
No ha de pasarte lo peor mientras te cuide, en la cama.
Tu vida Dios ha’i salvar pues, aquí te necesita
noble, humilde maestrita que bien sabes enseñar.
Y fue así que al día siguiente cuando el sol se despuntó
de su catre ella saltó para lavarse los dientes.
De repente a La Menor el alma le volvió al cuerpo,
viendo como La Mayor recuperaba el aliento.
Y temprano, sin pereza para la escuela salieron
bien ataditas las trenzas paso a la ruta se abrieron.
Ya no quieren recordarlo a tan doloroso evento
pero había que anotarlo en el libro de los cuentos.